No, los conscriptos de Antuco no murieron por la patria

Laura Meza y Patricio Navia(durante el dia de hoy por mail) me enviaron este Articulo de Rafael Gumucio que aparecio en las Ultimas Noticias. Corresponde el publicarla y leerla.
Lagos con la frase “heroes en tiempos de Paz”, no ayuda a que estas desiciones estupidas no vulevan a pasar.

No, los conscriptos de Antuco no murieron por la patria, ni tampoco son
â??héroes en tiempo de pazâ??, como los ha llamado el presidente Lagos. Quiero
creer que la patria tiene poco o nada que ver con la imbecilidad de un mayor,
la torpeza de un sargento, la ceguera de un general y la desinformación de un
comandante en jefe. No, no hay heroísmo alguno en seguir una orden estúpida y
dar, con el cuerpo quemado por el frío, satisfacción al instinto sádico de alg
ún oficial de ejército.

No hay heroísmo y no hay patriotismo detrás de las muertes de los conscriptos
de Antuco, sólo el absurdo y el dolor, un infinito dolor, que los días en vez
de calmar aumentan. El dolor de saber que esas muertes no son un accidente,
sino la expresión del eterno desprecio en que viven los condenados a cumplir
con una patria que, en recompensa, les devuelve a sus padres abandono o
cadáveres.

Al conscripto José Bustamante y a sus compañeros no los mató el viento blanco,
sino la miseria. Los mató la pobreza que los hizo aceptar que les cortaran el
pelo, los vistieran de verde y los trataran a gritos a cambio de comida gratis
y un sueldo de 26 mil pesos mensuales. Ellos representan a miles de jóvenes
que están obligados a proteger un país que para ellos es sólo deber y nunca
placer. Ellos iban armados para que la paz la disfruten chicos de su misma
edad pero de piel blanca, para quienes el servicio militar obligatorio no es
obligatorio.

Morenos reclutas, invisibles e intercambiables, caminaron en medio de la
nieve, y sólo empezaron a existir para la opinión pública al morir en masa. A
esos muchachos los suponemos felices en sus uniformes, aunque en realidad son
sombras en las que nunca nadie ha reparado. En su anonimato, esos soldados
ahora muertos o perdidos se creyeron la leyenda de ser parte de un ejército
jamás vencido. Jamás vencido, y supuestamente profesional en grado extremo,
pero que se desbanda y se convierte en un caos de informaciones
contradictorias y declaraciones lamentables, sólo porque hace frío y hay
viento. Invencible infantería que, sin una bala enemiga, queda desperdigada
por el suelo, sembrando su camino de muertos. Ese ejército jamás vencido,
poseedor de sofisticados equipamientos de guerra, pagados a precio de oro, no
es capaz de vestir adecuadamente a sus soldados ni de proteger sus vidas ni de
dignificar sus muertes, pues tampoco es capaz de encontrar sus cadáveres en
plazos razonables.

Extraña manera tenemos de disuadir a nuestros vecinos de no atacarnos. Nos
damos el lujo de matar a nuestros soldados antes de la batalla, todo por no
darse el trabajo de leer o entender un informe meteorológico. Les exigimos a
los â??pelaosâ?? que se sacrifiquen por una patria que, bajo la nieve de Antuco o
bajo la otra nieve, la del silencio, la pobreza, el olvido y la desigualdad,
lleva años enterrándolos vivos.

Por Rafael Gumucio

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