¿Importa la investigación?

Bea me sugirio el comentar este articulo de Manuel Castells dentro del Blog.

Lo he leido lentamente y viene a responder preguntas que venia haciendome hace un rato. El tema de la Innovacion, la creacion de conociemnto, o la investigacion, no parten no solo buenas ideas de algunos pocos, sino que se prodcuen en un entorno que las permita y fomente.

Castells un academico de las ciencias sociales, muy preocupado de la onda tecnologica, plantea mas preguntas y abre nuevas conversaciones. LEANLO . Necesario para todos los que estan estudiando y les importa la investigacion.

¿Importa la investigación?
La Nación, Miércoles 27 de Julio de 2005

Manuel Castells

En principio, todo el mundo parece estar de acuerdo en que sí: la investigación es esencial para la economía, para la cultura, para la calidad de vida, para el bienestar social. Eso repiten los gobiernos, las empresas, los agentes sociales. Y eso demuestran los estudios existentes sobre la productividad y la competitividad de empresas, de regiones, de países, de sectores de actividad: hay una alta correlación estadística entre el gasto en investigación, la inversión en tecnología y el incremento de todos estos componentes del crecimiento económico y el bienestar material. Tampoco falta apoyo político a la investigación: 59% de los ciudadanos europeos piensan que la Unión Europea debería gastar más dinero en investigación y menos en otras cosas. En España, 68% de las personas son de esa opinión.

Y, sin embargo, a la hora de la verdad, la mayor parte de los países de la Unión Europea se sitúa por debajo de la media de 1,93% del PIB en gasto de investigación, siendo así que Estados Unidos gasta 2,59%, Japón 3,15%, y Finlandia y Suecia, líderes en la materia, 3,49% y 4,27%, respectivamente. Y España sigue en el pelotón de cola, con un gasto de 1,05% del PIB. Recuerdo que en el Plan Nacional de Ciencia y Tecnología aprobado en 1986, y a cuya elaboración contribuí, se planteaba llegar a 1% del PIB en los primeros años de los ’90. Objetivo ambicioso para aquellas fechas porque estábamos en torno a 0,5%, otra herencia de atraso del desarrollo franquista apoyado en bajos costos en lugar de productividad. Pero tras unos años de impulso, el 1% se convirtió en el techo máximo de un gasto que, en términos relativos, se estancó en la segunda mitad de los ’90, cuando volvimos al modelo de crecimiento basado en turismo de sol y luna y especulación inmobiliaria. La razón esencial de ese retraso es que las empresas españolas gastan muy poco en investigación: tan sólo 48,4% del gasto en I+D en España proviene del sector privado, mientras que en Estados Unidos es de 63% y en Japón, Suecia y Finlandia, se sitúa por encima de 70%.

Y es aquí donde la realidad desmiente a la retórica. La razón principal por la que se investiga poco en España es porque aparentemente nuestra economía no lo necesita. Si crecemos por encima de la media europea sin investigar se demuestra que lo nuestro es vender placer de vivir a los que se matan en innovar. El tradicional “¡qué inventen ellos!” (o sea, los que algunos califican de bárbaros del norte) parece justificado por la experiencia. Y si nuestros jóvenes investigadores (entre los que hay muy buenos) quieren progresar de verdad, que se vayan a las universidades punteras del mundo y vuelvan luego de mayorcitos, como me aconsejó genéricamente un ministro socialista de relumbre en los ’80.

Sin embargo, las tendencias recientes de la economía y de la sociedad invalidan estos argumentos. En buena medida, las grandes empresas españolas no necesitaban investigar porque eran multinacionales que se apoyaban en sus redes de investigación mundiales. En estos momentos, la atracción de otras localizaciones hace que el capital productivo multinacional deje de fluir hacia nuestro país, de modo que sus operaciones en España son cada vez más de comercialización o de venta de servicios que tampoco requieren investigación. O sea que, en un modelo de crecimiento en que las empresas españolas tienen mayor peso, éstas tendrán que investigar o gastar cada vez más en comprar conocimiento empaquetado y no siempre apto para sus necesidades. Por otro lado, el modelo de turismo todavía imperante no parece sostenible a medio plazo, a pesar de un repunte coyuntural en estos momentos. Y la burbuja inmobiliaria, que es global, está a punto de estallar, con consecuencias potencialmente muy serias para la economía mundial y para la nuestra en especial. De modo que la economía del conocimiento y de la información también va con nosotros, sobre todo en un área de altos costos relativos de producción. Y la generación y aplicación de conocimiento dependen de la capacidad de investigación, tanto pública como privada.

Hasta aquí, el razonamiento sobre la bondad y la necesidad de la investigación también es ampliamente compartido. Pero se añade de inmediato una condición: que la investigación sea útil y que se haga en contacto directo con las empresas. Lo cual reduce la investigación básica, la mayoría de la que hacen las universidades, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y otros organismos públicos de investigación, a una actividad cultural que hay que mantener como se subvencionan las orquestas sinfónicas o el cine de arte y ensayo. Tal actitud, que encuentro en múltiples comisiones asesoras de muchos países, incluida España, revela una ignorancia profunda de cómo funciona la investigación. Distinguir entre investigación básica y aplicada y considerar a esta última como la única útil es como si en economía quisiéramos redistribuir la riqueza antes de crearla.

Porque la investigación aplicada necesita apoyarse constantemente en un flujo continuo de investigación básica, tanto en conocimiento como en personal, en producción de investigadores, en organismos y en procedimientos de investigación. No hay ningún país que tenga buena investigación aplicada sin una sólida investigación fundamental, aunque luego los países y las instituciones se especialicen en diversos campos de aplicación. Cualquiera de las transformaciones tecnológicas revolucionarias de nuestro tiempo han surgido de programas de investigación básica cuyo interés práctico era desconocido. Así se desarrollaron Internet, el worldwideweb y todas las tecnologías de comunicación electrónica. Así surgió la ingeniería genética en torno al Programa del Genoma Humano, un programa de investigación fundamental financiado por el Gobierno de Estados Unidos. Y los grandes avances en la lucha contra el cáncer nacen de investigaciones biomédicas que, aunque a veces se disfracen para recibir fondos, abordan problemas científicos más que cuestiones prácticas. En realidad, no hay nada más práctico que una buena teoría. Lo que ocurre es que la mayoría de los discursos teóricos, sobre todo en las ciencias sociales, tienen poco de teoría y mucho de discurso.

En suma, la aceptación de la importancia de la investigación conlleva el tomar en serio que no hay separación nítida entre lo básico y lo aplicado (son niveles distintos de desarrollo de la investigación). Y que para que algo sea útil a una empresa es mejor que la empresa deje tranquilos a los investigadores (ya sean internos o externos a la empresa) para que descubran procesos que luego la empresa sea capaz de transformar en productos. Esto es lo que han hecho las grandes empresas multinacionales con las universidades, hospitales e institutos de investigación en EEUU, en Japón, en Escandinavia, en los países donde se han ido concentrando los recursos más valiosos, los del conocimiento. Y como la investigación es una apuesta siempre incierta, cuyo desempeño requiere condiciones de libertad y autonomía que no existen en casi ningún ámbito de la sociedad, las instituciones, las empresas y la sociedad tienen que tener paciencia y arriesgarse con sus investigadores, en lugar de envidiarlos, sospechar de ellos o las dos cosas a la vez.

Exigirles al final de un proyecto, no al principio. Aunque, eso sí, cubriendo de oprobio al final de la trayectoria a quienes se revelen como parásitos listillos. Sin necesitar, en cambio, elogiar a aquellos investigadores que abren nuevas vías de conocimiento de donde fluyen nuevas formas de acción sobre nuestro entorno, conducentes a una mayor calidad de vida. Porque se reconoce al verdadero investigador por su desapego hacia cualquier otra recompensa, incluidos los honores, que no sea la satisfacción de haber llegado a una frontera del conocimiento adonde antes no llegó nadie. Y mirando el paisaje desde esa cima imaginaria poder decir, a solas, “¡lo encontré!”. Si bien el auténtico investigador sentirá de inmediato la angustia de la siguiente pregunta sin respuesta.

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